Salud Metallica y mental
sábado, 23 de enero de 2010
Metallica

Sin vestigios del agotamiento anímico que les hiciera cancelar sus presentaciones en 2003, con potencia inusitada, despliegue escénico y parafernalia acorde, los estadounidenses se reivindicaron en Buenos Aires. En dos noches porteñas la banda de metal más convocante del mundo no se quedó en zona de promesas y cumplió el sueño de multitudes. ¿Tarda en llegar? Al final hay recompensa.

  

Cuando se apaga la luz... Se enciende... Metallica.

Parafraseando el slogan de un viejo ungûento viril a las 21.12 de un viernes muy duro, pesado, caluroso y bien heavy a nivel climático el Monumental de Núñez se oscurece y al mismo tiempo enciende la llama del metal, el que tan contundente y magistralmente ejecuta el cuarteto estadounidense.

Ese que falló en 2003 alegando agotamiento mental. Decisión más que heavy y que dejara a más de uno herido y resentido. Hasta anoche o hasta antenoche, viernes 22 o jueves 21 por caso, cuando de la mano de su rica historia y con “Death Magnetic”, su noveno album de estudio para presentar, James Hetfield en impecable voz, el incansable Lars Ulrich tras los parches, el virtuoso Kirk Hammett en viola y el imponente y magistral Robert Trujillo en bajo salieron a comerse la cancha y meterse en el bolsillo a más de 100 mil fanáticos que vibraron en dos calientes noches.

"Hola, Buenos Aires. ¿Están listos?", preguntó con respuesta obvia Hetfield para desatar el Sí irrefrenable tras once años de espera. Había pasado “Creeping Death” y lo que vendría serían dos horas de metal incandescente y en estado puro de una banda que comienza a reencontrarse con su sonido primigenio, thrash metal machacante y demoledor con variaciones en el track list y temas más pesados en detrimento de aquellos que quizá no encontraron eco en la gente en la primera jornada.

Así, el grupo que vendió 110 mil entradas para los tres shows previstos en el país – cierran el domingo en Cordoba - consiguió cautivar de principio a fin a la horda de metaleros y metállicos que desde diversos puntos del país y de naciones limítrofes fueron a buscar al Monumental los que Metallica les dio: una marea idem de metal, rock pesado y una sola balada, la preciosa 'Nothing else mothers' de la veintena de canciones con la que repasaron sus casi tres décadas de vida.

Pogo, cabezas sacudidas, punteos al aire, cuernitos, puños cerrados: todo vale para disfrutar con el vivo de la magnética muerte donde se destacó 'Judas Kiss' y también clásicos de la talla de “Master of Puppets", "Fade to Black", "Nothing Else Matters" y "Enter Sandman", el himno que desató aún más la euforia y una salva de llamaradas y explosiones subyugantes.

Impresionante, impecable, épico, emotivo, intenso, arrollador. Adjetivar aún más aburriría al lector y aún así no llegaría a describir la intensidad del concierto. “La Revolución Metálica” como muy bien la definiera previamente León Gieco, sorpresivo soporte a priori pero que en la actualidad reversiona en clave metal junto a los D-Mente donde el ex A.N.I. M.A.L, Andrés Giménez puede mostrar credenciales.

A la hora de los bises cuando se encienden las luces, “Seek and Destroy” oficia de himno de cierre, el que corona una velada inolvidable con imágenes similares como el primer plano del tatuaje en la mano del cantante Hetfield señalado por su propio dedo. O un campo inmerso en intensos pogos que como fuerzas centrífugas generan pacíficos remolinos por doquier pese a su aparente violencia.

Es la hora de la despedida, de la concretada reivindicación, de correr y recorrer el escenario, repartiendo puás, revoleando palillos, agitando una bandera argentina, saludando a diestra y siniestra luego de hacer realidad el sueño de miles.

Son los Metallica en Argentina trascendiendo la zona de promesas. Siete años después de la fallida vuelta, a once del debut en estas pampas. Cumpliendo con creces. Retribuyendo. Garpando como dice la popular.

Es que como canta Cerati (bancate el apellido metalero, bancate la referencia metallico) “Tarda en llegar”.

Tarda en llegar. Y al final, al final hay recompensa.

 

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