| Saltando el charco con Cuatro Pesos de Propina |
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| Escrito por Sabrina Ferreras | |||||
| miércoles, 24 de junio de 2009 | |||||
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La banda uruguaya se presentó el sábado en el Salón Verdi, un espacio histórico de la Ciudad de Buenos Aires, para traer todo su ritmo rioplatense a más de 200 personas que se unieron a su música.
“Aquí se fundó el Partido Comunista de la Argentina en 1918” decía una pequeña placa en el hall de entrada del Salón Verdi, en La Boca. Y si el PCA es significado de un ideal de país, sin duda Cuatro Pesos de Propina, una de las bandas más potentes del rock uruguayo, tuvo lo necesario para subirse a ese escenario el pasado sábado 20 de junio. En su sitio oficial se definen como una banda “de influencias varias y, por lo tanto, de varios estilos musicales”. Su público, fiel y agitador, los siguió con energía siempre positiva, pasando por el ska, el rock, el funk, y los ritmos rioplatenses, incluso en un corte de luz un poco extendido, en el que los vientos y la batería siguieron sonando para hacerle compañía a las banderas, los pies y las voces de la gente que no pararon nunca de cantar. “Lo mejor que nos pudo pasar fue ese corte de luz”, dijo Diego Rossberg, el cantante, cuando se solucionó el inconveniente técnico y siguieron todos vibrando con No habrá forma del dolor, de su primer disco Se está Complicando. Así empezaba una lista de más de dos horas, en la que presentaron temas nuevos, y se pasearon por un mensaje constante de esperanza en la realidad, de búsqueda en la pelea, de “militancia cultural”, como ellos lo llaman. De su disco también sonaron Solari, Vente pa quí, Glu Glu y Mas allá. Nombraron la masacre de Puente Pueyrredón, la represión a la Huerta Orgázmika y el desalojo indiscriminado de Centros Culturales llevado a cabo por el gobierno de Mauricio Macri en medio de los temas La Máquina y La Balacera, con un público prendido fuego y diciendo que “amanecemos cada día esperando el gran día en que despertemos y que no sea un sueño”. Como adelanto de su próximo disco, presentaron las dos primeras partes de lo que será una trilogía titulada La Vaca, un tema con una melodía casi de jardín de infantes, que te movía como si estuvieras marchando en fila y te decía que te salieras un poco, que te corrieras de ese camino que todas las vacas siguen enceguecidas. Un círculo perfecto que se cerró con La Planta, un reggae que comparte el estribillo con No habrá forma del dolor, y que también compartió, en esta fecha, el conflicto del corte de luz, que más que un inconveniente fue una representación de una unión incluso más allá de la música. Como si fueran uno, arriba y abajo del escenario, a capella, con las palmas o un instrumento de viento, cada uno cantó su verdad, cada uno logró que la música se “hiciera santa”.
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