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jueves, 03 de diciembre de 2009
AC/DC

El primer recital de los australianos en Buenos Aires tuvo de todo, desde una gorda de 20 metros montada a una locomotora, hasta un estadio lleno de cuernos rojo furioso que hacían una postal inolvidable. Fanáticos sedientos de rock despuntaron su vicio más dulce: sacudir cabezas al ritmo de la guitarra de Angus Young y los clásicos inoxidables de AC/DC. Saluden que la bestia del rock volvió!

 

¿Tienen los riffs más pegadizos de la historia del rock?¿Superaron miles de problemas, de los graves, para ser lo que son?¿Sólo le cantan a la joda, la noche y las mujeres?¿Son el puro y maldito rock? Sí, a todas las preguntas, la respuesta es sí. AC/DC volvió a Buenos Aires, y nos dejó a todos temblando.

Desde bien temprano, cuando todavía se escuchaban los últimos acordes de Héroes del Asfalto, la gente comenzaba a llegar a las inmediaciones del Monumental. Todos vestidos de negro, con sus clásicas remeras rockeras y una misma consigna, despuntar el vicio de corear un riff, cosa que nos la enseñó AC/DC.

Luego de Las Pelotas, que no logró tener mucha empatía con el público, arrancaron los minutos previos al momento que separa todo lo banal, de lo que realmente importa: comenzaba a sonar la locomotora de AC/DC, con un conductor que muchos quisieran tener al volante, Angus Young. Con una historieta traída desde el infierno reproduciéndose en las pantallas, de repente apareció en el escenario una réplica de una locomotora gigante, y al ritmo de Rock and Roll Train, se dio el puntapíe inicial para la visita de los australianos a Buenos Aires.

La excusa del recital era la presentación de Black Ice, pero seamos sinceros, ¿a alguien le importaba? Todos íbamos a escuchar, ver y sentir Back in Black, You shook me all night long, Hells Bells, Highway to Hell, y varias más. Todos íbamos por los clásicos inoxidables, y no nos defraudaron. Se puede decir que faltaron temas tremendos (Stiff upper lip, Money Talks, Rock and roll ain't noise pollution), pero como bien dijo alguien al salir del recital: “¿Y que querés? Si te tocan todo tienen que estar tres días en el escenario”. Nunca más cerca de la verdad.

Si la estructura de luces se merece un aplauso, ¿qué decir del volumen y la calidad del sonido? Este corresponsal nunca escuchó un recital a una intensidad semejante. Hay que decirlo: por algo tocan al nivel más fuerte en el planeta llegando a los 107 decibeles. Sólo algunos problemas de viento (movía el sonido de aquí para allá) opacaron la nitidez y la potencia de las tres torres colocadas alrededor del campo.

En AC/DC pasa lo de siempre. La batería y el bajo hacen su trabajo. Con sus bases dejan todo claro para que Malcolm Young, guitarra rítmica, secunde la endemoniada Gibson SG de Angus, su hermano, que pese a su 50 años corre el escenario como si aún estuviera en los 70's. Quizás sí esté. Su pasito característico, estirar el acorde, levantar esa mano señalando al cielo, torcer su labio y abrir la boca cuál pez, pagaron la entrada. Además se despachó con su clásico “striptease” en The Jack, el momento más tranquilo del show, que demuestra que pueden bajar la velocidad y dedicarse al blues. Al micrófono Brian Johnson hace olvidar a Bon Scott. Sus estilos pueden resultar distintos, pero chocan en algún punto: sus vidas, pasadas por alcohol, los llevaron a cantar en la banda más roquera de la historia, y Johnson gasta su garganta quemada y maltratada, haciendo sonar todo tal cuál suena en los discos.

El resto es historia, y de la buena. Una gorda rubia de 20 metros de altura montándose al tren de la escenografía en la clásica Whole Lotta Rosie, el descontrol a lo Jimi Hendrix de Angus en las tarimas que lo elevan por encima del público, los fuegos artificiales, ver un estadio lleno de cuernos rojos, y los infaltables cañones en For Those About to Rock (We Salute You) completaron las casi dos horas de uno de los recitales más emocionantes de mi vida.

Aún le restan a AC/DC dos funciones más en Buenos Aires. En la primera cumplieron con creces su trabajo y volvieron a demostrar que son el metal fundido del rock, a partir de ellos comienza todo, gracias a ellos hoy un pibe de 20 años sabe lo que es sacudir la cabeza al ritmo de una  guitarra eléctrica. Gracias a ellos es que nos paramos y saludamos al rock. Al rock en su estado más puro.

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